María
Sara Vivas Araujo
La
sociedad humana se halla franqueada por incertidumbres que amplían su
vulnerabilidad generando desavenencias y, falsas expectativas que dañan la
confianza. Día tras día inesperados acontecimientos sobresaltan y espantan la
tranquilidad y el bien merecido sosiego, pues, noticias, informaciones, hechos
inhumanos son reiteraciones que afectan desfavorablemente la frágil y compleja
cotidianidad. Ciertamente que el vivir se mueve en un mundo convulso, de penas
y tristezas injustas que erosionan las francas relaciones humanas. En contraste
a la cercanía natural, elemental y racional del entendimiento guiado por la
palabra que norma y construye círculos sociales virtuosos se asoma la
desconfianza de todos contra todos, aislando la relación dialógica que orienta
el vivir como tiene que ser. Cada vez, nos apartamos años luz de las
tradiciones, de las buenas costumbres, de la franqueza y la cordura; se busca
el escondrijo dejando de lado ser los constructores de una sociedad humana en
esencia, innovadora, futurista, donde lo individual armonice con lo colectivo.
Si
bien es cierto que, desde tiempos inmemoriales, la humanidad ha estado llena de
argumentaciones desmesuradas para someter al otro por las diferencias de credo,
raza, propiedad, insana competitividad, amor irrefrenable por el poder; también
es cierto que en nombre de los avances, por respeto a la razón, al corazón, al
ambiente, deberíamos centrar el pensar reflexivo en el valor y la sangre
derramada por nuestros libertadores, el trabajo de nuestros antepasados por
erigir un pueblo digno, ecuánime y libre, y, una patria soberana; en el goce de
las bondades que ofrece el conocimiento y su empoderamiento como herramienta de
capacidad para la transformación social.
Fundamental
desde la familia formar a las hijas e hijos con claros principios que enaltecen
el diálogo; luego, la escuela educa a las niñas y a los niños exploradores y
constructores de sus mundos, “La confianza en sí mismo es el primer secreto del
éxito” (Emerson R) y, en conjunción con ese ramaje institucional de movimientos
religiosos, deportivos, ecológicos, culturales traducen los primeros destellos
de socialización en función del sano crecimiento y desarrollo físico, mental,
espiritual, forjadores de actitudes que con verdad giran frente al otro, con la
otra, conscientes de las normas establecidas, con decisiones acertadas,
inculcadas por la confianza puntal de seguridad, canto de exaltación a la
sensatez, al sentido común; semilla que germina con la tierna edad reafirmando carácter,
valor y mesura; nutrientes constructores de relaciones humanas en la paz. Simón
Bolívar, visionario, con énfasis en sus sabias palabras advirtió que: Un pueblo
pervertido, si alcanza su libertad, muy pronto vuelve a perderla. (1819)
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