miércoles, 28 de marzo de 2018


Distorsión
María Sara Vivas Araujo

No hay duda de que a partir del hogar se comienza la formación en valores, luego, la escuela implicando el Ser, el Hacer, el Conocer y el Convivir hace hincapié en estos a medida que avanza el proceso enseñanza y aprendizaje con su diversidad temática educativa contextualizada. La educación en valores abarca todos los subsistemas del Sistema Educativo Venezolano. De ahí, la importancia de la educación consagrada como derecho esencial para formar hombres y mujeres íntegros e integrales revalorando y exigiendo sus derechos, al tiempo, conociendo y cumpliendo cabalmente sus deberes por una convivencia social apacible. La Constitución de la República Bolivariana de Venezuela (1999), contempla que el Estado venezolano garantice la gratuidad, calidad y equidad de la educación, además tiene la obligación de dar a la población seguridad y bienestar, entre otros tantos derechos.
Sin embargo, vemos estupefactos cómo emanan actitudes asumiendo sin más ni más un puñado de valores contracorriente de aquellos valores con que fuimos formados de generación en generación ya en la familia, ya en la escuela, ya en las distintas organizaciones, asociaciones, etc. En el presente, hay una reaparición de valores alevosos que están cobrando fuerza culturalmente, y, ¿cómo no? si son convidados y cuidadosamente instaurados en la sociedad a causa de la impunidad que los custodia, fotografiando una imagen de sociedad estremecedora entre víctimas y victimarios bajo la mirada de los diversos actores educativos, familia, organismos, instituciones, en fin, comunidad entera. El día a día se asoma a destajo, es decir, con empeño y sin descanso sujetos por cuenta propia alzan el irrespeto, la viveza, la infamia, la extorsión, el secuestro, el asalto, el crimen, el hurto, la violación en todas sus formas,… Es natural una mentira, es natural el pago incompleto de una pensión a una abuela o abuelito; es natural el saboteo de un pago por la cosecha a un productor del campo, es natural ocupar el primer puesto en la cola, aunque se llegue de último, es natural cuánta actitud deshonesta, con mala voluntad… Sobrevivimos en una sociedad amenazada por la violencia que trae desesperanza. Lo grave es, que quien contraviene al otro, creció convencido de esos, sus valores súper tóxicos; antivalores para quienes fidedignos profesan “no hagas al otro lo que no quieres que te hagan”, aceptando al semejante “como un legítimo otro”. Humberto Maturana nos dice que, “El niño se transformará en su convivencia conmigo según la legitimidad que yo le dé a su convivir. Si soy intransigente, el niño aprenderá a ser intransigente; si soy chabacano, el niño aprenderá a ser chabacano (…). Esto lo aprenderá no como algo externo sino como un modo de ser en el vivir. Uno aprende el mundo que uno vive con el otro” (2008).


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