Distorsión
María
Sara Vivas Araujo
No
hay duda de que a partir del hogar se comienza la formación en valores, luego,
la escuela implicando el Ser, el Hacer, el Conocer y el Convivir hace hincapié
en estos a medida que avanza el proceso enseñanza y aprendizaje con su
diversidad temática educativa contextualizada. La educación en valores abarca
todos los subsistemas del Sistema Educativo Venezolano. De ahí, la importancia
de la educación consagrada como derecho esencial para formar hombres y mujeres
íntegros e integrales revalorando y exigiendo sus derechos, al tiempo, conociendo
y cumpliendo cabalmente sus deberes por una convivencia social apacible. La
Constitución de la República Bolivariana de Venezuela (1999), contempla que el
Estado venezolano garantice la gratuidad, calidad y equidad de la educación,
además tiene la obligación de dar a la población seguridad y bienestar, entre
otros tantos derechos.
Sin
embargo, vemos estupefactos cómo emanan actitudes asumiendo sin más ni más un
puñado de valores contracorriente de aquellos valores con que fuimos formados de
generación en generación ya en la familia, ya en la escuela, ya en las distintas
organizaciones, asociaciones, etc. En el presente, hay una reaparición de
valores alevosos que están cobrando fuerza culturalmente, y, ¿cómo no? si son
convidados y cuidadosamente instaurados en la sociedad a causa de la impunidad
que los custodia, fotografiando una imagen de sociedad estremecedora entre
víctimas y victimarios bajo la mirada de los diversos actores educativos,
familia, organismos, instituciones, en fin, comunidad entera. El día a día se
asoma a destajo, es decir, con empeño y sin descanso sujetos por cuenta propia
alzan el irrespeto, la viveza, la infamia, la extorsión, el secuestro, el asalto,
el crimen, el hurto, la violación en todas sus formas,… Es natural una mentira,
es natural el pago incompleto de una pensión a una abuela o abuelito; es
natural el saboteo de un pago por la cosecha a un productor del campo, es
natural ocupar el primer puesto en la cola, aunque se llegue de último, es
natural cuánta actitud deshonesta, con mala voluntad… Sobrevivimos en una
sociedad amenazada por la violencia que trae desesperanza. Lo grave es, que
quien contraviene al otro, creció convencido de esos, sus valores súper tóxicos;
antivalores para quienes fidedignos profesan “no hagas al otro lo que no
quieres que te hagan”, aceptando al semejante “como un legítimo otro”. Humberto
Maturana nos dice que, “El niño se transformará en su convivencia conmigo según
la legitimidad que yo le dé a su convivir. Si soy intransigente, el niño
aprenderá a ser intransigente; si soy chabacano, el niño aprenderá a ser
chabacano (…). Esto lo aprenderá no como algo externo sino como un modo de ser en
el vivir. Uno aprende el mundo que uno vive con el otro” (2008).
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